Sobre la confesión
Qué es la confesión
El sacramento por el que Dios perdona los pecados cometidos después del bautismo y nos reconcilia con Él y con la Iglesia.
La confesión, o sacramento de la penitencia y de la reconciliación, es el encuentro con el perdón de Dios. Jesús lo instituyó la tarde de Pascua, cuando dijo a los apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Desde entonces la Iglesia ejerce ese ministerio a través de los sacerdotes.
Por qué hace falta
El bautismo nos hace hijos de Dios, pero no elimina la debilidad de nuestra naturaleza: seguimos pecando. El pecado nos aparta de Dios, nos daña a nosotros mismos y hiere a la Iglesia, que es un cuerpo. La confesión restaura lo que el pecado rompe.
No se trata de un trámite ni de un castigo. Es, como dice el Catecismo, «el sacramento del perdón, del regreso a casa». El padre de la parábola del hijo pródigo no espera al hijo con reproches, sino que sale corriendo a su encuentro (Lc 15, 20).
Qué ocurre en la confesión
Cuando el sacerdote pronuncia la absolución, es Cristo mismo quien perdona. El sacerdote actúa in persona Christi: presta su voz y sus manos, pero el perdón viene de Dios. Por eso la absolución es eficaz aunque el sacerdote sea un hombre limitado, y por eso está obligado al secreto absoluto sobre todo lo que oye (el sigilo sacramental), sin excepción alguna.
Los efectos del sacramento son:
- El perdón de los pecados y la reconciliación con Dios.
- La reconciliación con la Iglesia.
- La paz y la serenidad de conciencia.
- Fuerza espiritual para el combate cristiano de cada día.
Cuándo confesarse
La Iglesia pide confesarse al menos una vez al año y siempre que se tenga conciencia de pecado mortal antes de comulgar. Pero la confesión frecuente, incluso de pecados leves, es una práctica muy recomendada: afina la conciencia, fortalece contra las malas inclinaciones y hace crecer en la gracia. Muchas personas encuentran útil confesarse cada dos o tres semanas, o mensualmente.
No hay que esperar a «estar preparado» o a «haber cambiado» para ir. Se va precisamente porque se necesita ayuda.
¿Y si hace mucho que no me confieso?
Es una de las situaciones más frecuentes y los sacerdotes están acostumbrados. Basta con decirlo al empezar: «Padre, hace muchos años que no me confieso». Él te ayudará. Nada de lo que puedas contar le va a escandalizar, y nada de lo que hayas hecho queda fuera del perdón de Dios.